Versión
conmovida de Borges
por
Ciro Alegría
Avanza la tarde y no hay mucha claridad en el salón de
mi hotel, a donde Jorge Luis Borges ha tenido la gentileza de
venir a visitarme. Vamos a sentarnos y me dice, pidiéndome
que ocupe un lugar donde yo quedaría ante la luz.
-Usted
aquí mejor, que de otro modo no lo vería. No me
gusta conversar con la sombra.
Es
la primera impresión personal que tengo del gran escritor
argentino. Quiere ver, así sea la silueta, de las gentes
con quienes conversa. Desea todavía captar los rasgos generales
de la vida. Hace tiempo que mora en las dramáticas orillas
de la ceguera. Exactamente, en un mundo de violentos contrastes
de luz y sombra. Puedo entenderlo perfectamente. Una vez, mediando
un tremendo accidente, estuve yo ciego durante diez horas. Tengo
crispado el corazón pero prefiero no hablarle de la forma
en que debido a la súbita remembranza, comprendo su propio
dolor. Además, Borges parece tomar el asunto con serenidad.
La vista se le ha ido cayendo en años. Es la suya una entrada
lenta en la sombra.
Le
entrego unos libros que me ha encargado Carlos E. Zavaleta. Leo
la admirativa dedicatoria a Borges escrita sin reservas, que ha
puesto en uno de ellos el joven escritor peruano. Me pregunta
por las letras del Perú. La charla se entabla llana y cordialmente.
Recuerdo el cuento “Sur”, que avalúo como uno
de los cimeros de Borges, y le digo que me parece autobiográfico,
sobre todo cuando el personaje manifiesta que tiene “un
criollismo un tanto voluntario”. Borges admite mi apreciación
en redondo y pasa a darme una larga explicación de su cuento,
en la que advierto netamente al redomado técnico. Para
el caso, es lástima que yo no tenga un recuerdo muy claro
de las características formales del cuento, leído
por mí hace años.
La
charla vaga de un tema a otro. Borges fue un gallardo opositor
a Perón y duélese de que aún existe en Argentina
peronismo. Está claro que cualquier forma de totalitarismo
le ofende como un insulto a la inteligencia. La vida nunca ha
sido fácil para los hombres de ideas y menos en los tiempos
que corren.
El
escritor me informa que es director de la Biblioteca Nacional
, grande cargo con un sueldo pequeño, y catedrático
de literatura inglesa en la Universidad. El programa del curso
es excesivo. Debe enseñar toda la materia en un año.
Cuanto hace, y es lo que se puede, es iniciar el estudio de algunos
autores principales. Le cuento que en otras universidades latinoamericanas
hay cursos por el estilo y terminamos por sonreír.
De
pronto Borges me propone que vayamos a su casa para que conozca
a su madre, por la que siente gran devoción. Salimos y
él marcha tomado de mi brazo, lo que no obsta para que,
de cuando en vez, sin duda por costumbre, emplee su bastón
para tentar los bordes de las aceras y los zócalos. Me
dirige por las calles, a las que recuerda bien. Su casa no queda
lejos.
En
el ascensor, tantea los botones. Presiona uno y luego se da cuenta
de que no era el que necesitaba tocar. Cuando la maquina se detiene,
con un automatismo que ahora me parece cruel, Borges palpa de
nuevo y acierta con el botón exacto. Un pasillo que conoce
bien. La llave, y una nueva inquisición dolorosa.
Otra
vez nos sentamos ante la luz, ahora junto a la ventana de un séptimo
piso. La señora Borges acaba de regresar del velorio de
la poetisa Margarita Abella y Caprille. A los ochenta y cuatro
años, muestra una lozanía sorprendente. Le digo
que no representa su edad, sin incurrir en la acostumbrada galantería.
Nos sirve oporto y bizcochos. Yo habría preferido un jaibol,
pero no quiero contrariar las costumbres de monje laico de Jorge
Luis.
La
señora Borges interviene en la conversación con
talento. Me cuenta que le lee a su hijo a su hijo ocho horas diarias.
El resto del tiempo, Borges escribe. Su vida son los libros. En
el incansable trajín de leer, cuando podía hacerlo
fue perdiendo la vista. No puede olvidar el patético accidente
del trabajo. Ni dejo de observar las grandes y claras pupilas
de Borges. Miran con esa dolorosa vaguedad propia de las pupilas
ciegas.
Me
cuenta Borges que uno de sus abuelos era inglés.. La charla
sobre las incorporaciones hechas a la literatura inglesa por los
irlandeses nos lleva a mi rápido recuento de autores. Yo
recuerdo a unos diez irlandeses. Borges cita muchos más.
Su cultura vastísima reluce en cuanto punto aborda. Pero
no es un fichero. El comentario inteligente, la apreciación
critica fina, hacen el mérito de sus conocimientos. Cuando
le pregunto a Borges si prepara algo nuevo, me responde que un
libro de cuentos. Consciente de su carácter de escritor
minoritario, apunta: “Como dice Stevenson, un libro es un
mensaje dirigido a los amigos”. Hablando de la cultura europea,
Borges precisa “Es un legado al que no podemos renunciar”.
“Ni debemos”, agrego yo, que soy un americano que
no cree en las exclusiones culturales.
Tengo
pendiente una invitación y debo irme. Y es entonces que
Jorge Luis Borges, el escritor que transita entre sombras, me
conmueve más todavía. Se empeña en acompañarme
hasta el hotel y, a pesar de mis protestas, así lo hace.
Me deja en la puerta y se aleja en la tarde azulenca, tentando
las paredes con su bastón. ¿Cómo hablar de
letras solamente? Las letras son también el hombre y más
en este caso. Entiéndese, entonces, mi versión conmovida
de Borges.
(En
El Comercio . Lima, 2 de diciembre de 1960, p.2; extraído
del libro Novela de mis novelas, de Ciro Alegría,
selección, presentación y cronología de Ricardo
Silva-Santisteban; editado por la Pontificia Universidad Católica
del Perú)
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