Leopardi
Filósofo
por
Alberto Girri
¿Puede
Leopardi ser considerado como un filósofo? He aquí
la cuestión permanente y al parecer inevitable de toda
bibliografía leopardiana. Croce, partiendo del poco valor
que debe atribuirse a cualquier filosofía, en tanto optimista
o pesimista puesto que todo puede ser objeto de un juicio benévolo
o adverso, y por su inseparable fondo pasional, niega que Leopardi
lo sea. Para el pensador napolitano, Leopardi es, como filósofo,
“uno de los tantos que con repetir en forma solemne filosofemas,
las lamentaciones sobre la vida, que es dolor y es mal, se imaginan
filosofar sobre verdades supremas” (“Poesía
e non Poesía”. Pag 106).
No puede, ciertamente, hablar de un Leopardi sistematizador o
técnico de la filosofía. Pero hay algo más.
La filosofía exige, necesita del problema y la conciencia
de él. Decir problema, es decir problema que se impone
y el problema existe siempre porque de otro modo el pensamiento
carente de obstáculo se detiene, o sea muere. Así
visto, Leopardi fue un filósofo. En el resaltan juntos
la pasión del problema y el valor de no quedarse en la
superficie.
Dostoievsky dijo alguna vez: “Muchos me aventajan en conocimientos
filosóficos, pero no todos tiene tan gran amor por la filosofía”.
También Leopardi vive así en vocación de
filósofo y sus “Diálogos” son por eso
bastante más que la ingenua y fría exposición
de las dificultades de un hombre, o sus sufrimientos personales.
Traducen el estilo vital de Leopardi –estilo es universalidad-
y hay una definida concepción del mundo.
El hombre sólo palpa una realidad, el dolor efectivo, irrevocable
y continuo, que es la esencia de la vida. Es consciente de ese
dolor, pero ¿ puede hacer algo para suprimirlo o apaciguarlo?
La felicidad es el objeto posible del hombre. No la encuentra
pero su actualidad lo dirige a ello. En rigor, esta fuerza impulsora
no tiene un fin o no tiene sólo este fin y se aplica ante
todo a la voluntad de afirmación, porque la acción
en cualquiera de sus formas es la única posibilidad de
redención que posee el hombre. Hallar la felicidad. La
disposición práctica lo niega, pero como problema,
no se puede renunciar a la aventura. Además, esa felicidad
no tiene cual o tal forma; está condicionada por una necesidad
tremenda: “...por lo tanto, amándote necesariamente,
con el mayor amor de que eres capaz, necesariamente deseas lo
más que puedes, la propia felicidad, y no pudiendo ni con
mucho ser satisfecho de este deseo tuyo, que es sumo, resulta
que no puedes huir por ningún camino, de ser infeliz”.
(Del “Diálogo de Malambruno y Farfarello”).
El hombre desea siempre y en las mil formas del placer busca la
felicidad. Pero ese placer no es permanente ni ilimitado, o sea
todo lo contrario del deseo. La existencia del deseo prueba el
valor de lo que decimos al ubicarlo como raíz del problema...
“no pudiendo, ni con mucho, ser satisfecho de ese deseo
tuyo...”
El deseo no tiene límites por ser substancial a nosotros,
no como deseo de un placer por si mismo. No se desea nada como
tal, sino por el placer de posesión inicial que la tenencia
de eso produce. El placer por excelencia in abstracto. Es el mismo
pensamiento de Schopenhauer: “El deseo es largo y sus exigencias
tienden al infinito; la satisfacción es corta y medida
parsimoniosamente”, y luego: “...ese contentamiento
supremo no es sino aparente: el deseo satisfecho da lugar a un
nuevo deseo; el primero es una decepción reconocida, el
segundo una decepción no conocida aún”. “El
mundo como voluntad y representación” (tomo I, pag
202).
En suma, se reduce a una falta de equilibrio entre la extensión
y profundidad del deseo y la extensión y profundidad del
placer obtenible: “... y ese deseo como decíamos
antes, nunca es satisfecho, y el placer en realidad no se encuentra”.
(Diálogo de Torcuato Tasso y su genio familiar).
Esta despreocupación produce la infelicidad, porque en
el placer está la perfección de lo humano y el no
placer no es indiferente, es dolor. No existe el término
medio, el hombre tiende a obtener la felicidad, no puede lograrla
y es infeliz: “ ... cuanto que la felicidad es el fin de
todos nuestros actos y de todo nuestro amor y odio, y que no huye
de la muerte ni se ama la vida por sí misma, sino por respeto
y amor de nuestro bien y odio de nuestro mal y daño. (Del
Diálogo de Plotino y Porfirio”).
La no obtención del placer y reducirse todo a deseo, tiene
una variante que es el tedio, “... la vida humana, pues,
está compuesta y entretejida, por así decirlo, parte
de dolor y parte de tedio, y de una de estas pasiones no se libra
el hombre sino cayendo en la otra”. (Diálogo de Torcuato
Tasso y si genio familiar”).
El recuerdo es lamentación y el deseo pena. He ahí
la raíz del pesimismo loepardiano y su semejanza con Schopenhauer.
Se anhela el placer, pero cuando lo obtenemos en pequeño,
vemos que nos da muy poco de lo que nos prometemos. La búsqueda
es desesperante y su corolario es la decepción. Son las
palabras ya dichas por Schopenhauer: “El primer (deseo satisfecho)
decepción conocida, el segundo (nuevo deseo) es una decepción
por conocer”. El valor que da Leopardi al recuerdo, como
remanente real del deseo resuelto, no escapa, pues al filósofo
alemán.
Schopenhauer distingue el individuo como tal y como sujeto que
conoce, independientemente de su voluntad individual. Es decir,
el sujeto que conoce objetivamente. Lo mismo con respeto al objeto
contemplado no es este o aquel objeto “como cosa particular,
sino como idea” (en el sentido platónico). Para Schopenhauer,
objeto es objeto permanente.
Ahora bien, en el sujeto individual, el conocimiento sirve a la
voluntad. Entre sujeto y objeto se establece una relación
subjetiva o sea entre el objeto y la voluntad individual del sujeto.
De aquí el prestigio del recuerdo y su importancia frente
al hecho presente, pues cuando se produce el hecho que ahora es
recuerdo, la contemplación y el sentir del sujeto eran
puramente subjetivo, mera relación personal entre sujeto
y objeto. En estado de recuerdo, la visión es objetiva:
“franqueada de la voluntad” dice Schopenhauer.
Con todo, Leopardi halla que son posibles estados en que el deseo
permanece alejado. Esos estados semejan a la muerte; tal el sueño,
letargo, reposo del dolor. Leemos en el (“Diálogo
de Malambruno y Farfarello): “Malambruno- Tanto que desde
el nacimiento hasta la muerte, nuestra infelicidad no puede cesar
por espacio mayor que el de un solo instante. “Farfarello-
Si, cesa siempre que dormís sin soñar o cuando os
da un desvanecimiento, u otra cosa que os interrumpe el uso de
los sentidos”.
Hablamos de la semejanza entre las ideas de Schopenhauer y Leopardi
porque no podemos referirnos al pesimismo del siglo XIX sin tener
en cuenta el ideario del poeta italiano. Es seguro que Leopardi
no conoció la obra de Schopenhauer. Escribe sus “Diálogos”
casi íntegramente en 1824. Algunos años antes y
sin ningún eco de edita. “El como voluntad y representación”.
En ambos casos el dolor, síntesis de la única existente
y en ambos casos el dolor aceptado como más fuerte en los
espíritus mejor dotados. Cualquier progreso del hombre
en materia de sensibilidad es al precio de un mayor dolor: “...
porque la excelencia de las almas supone más intensidad
en sus vidas, lo cual importa un mayor sentimiento de la propia
infelicidad...” (Del Diálogo de la naturaleza y un
alma).
El pesimismo leopardiano es una reacción contra el siglo
XIX, cegado de optimismo y su ilusión de progreso indefinido,
y el “Diálogo de Tristán y un amigo”
es en tal sentido un honroso equivalente del antirracionalismo
de Schopenhauer. Siglo de progreso, al cual en vano se le llamará
época de transición, pues en rigor todas lo son:
“Todos los siglos, unos más que otros, han sido o
serán transición, porque la sociedad humana nunca
se detiene, ni llegará nunca un siglo el cual tenga un
estado durable... Falta averiguar, visto el camino que lleva la
humanidad, adónde irá a parar, es decir si la transición
que se está verificando es de bien a mejor o mal en peor”.
(Del “Diálogo de Tristán a un amigo”).
Es el siglo de lo convencional y lo fácil frente al esfuerzo
sostenido y penoso. “Antes dice Tristán, dominaba
la medianía y ahora la nulidad. Esa es la diferencia. Prometeo,
creador del género humano, no debe vanagloriarse, antes
bien se avergüenza un poco de su obra”. (la apuesta
de Prometeo).
Pesimista como pensador, Leopardi extrae consuelo del artista.
El arte es serio, lo más serio que puede hallarse, Y Leopardi
hace de la ficción una realidad, y no a la inversa. La
muerte no es ya el motivo redentor; lo es la acción, porque
la acción supone un olvidarse de sí mismo. Exige
una voluntad de realización externa, que evita la mirada
a lo interno, fuente de infelicidad. Pero necesita una finalidad
de acción, o si se quiere, una ilusión de finalidad.
Esto es ya una razón de vivir, olvidarse de sí mismo
y llegar a las cosas. Los medios son importantes para la relatividad
de los fines y negando el mundo objetivo como medio de placer,
negada la felicidad. Leopardi se arroja a una razón de
vida: la razón estética.
(La
Nación octubre de 1944)
|