Suprema prueba
del amor de Salvador Allende
por José Lezama Lima
La delicadeza de Salvador Allende lo convertirá siempre
en un arquetipo de victoria americana. Con esa delicadeza llegó
a la polis como triunfador, con ella supo morir. Este noble tipo
humano buscaba la poesía, sabe de su presencia por la gravedad
de su ausencia y de su ausencia por una mayor sutileza de las
dos densidades que como balanzas rodean al hombre. Tuvo siempre
extremo cuidado, en el riesgo del poder, de no irritar, de no
desconcertar, de no zarandear. Y como tenía esos cuidados
que revelaban la firmeza de su varonía, no pudo ser sorprendido.
Asumió la rectitud de su destino, desde su primera vocación
hasta la arribada de la muerte. La parábola de su vida
se hizo evidente y de una claridad diamantina, despertar una nueva
alegría en la ciudad y enseñar que la muerte es
la gran definición de la persona, la que la completa, como
pensaban los pitagóricos. Ellos creían que hasta
que un hombre no moría, la totalidad de la persona no estaba
lograda. El que ha entrado triunfante en la ciudad, sólo
puede salir de ella por la evidencia del contorno que traza la
muerte. Llevaba a su lado a Neruda, que era el que tenía
las palabras bellas y radiantes para acompañarlo en su
muerte, pero los dos morían al mismo tiempo. ¡Qué
momento americano! El héroe y el canto se ocultaban momentáneamente,
para reaparecer de nuevo en un recuperado cielo de creación.
Al desaparecer el héroe y la poesía, tenía
que aparecer lo coral, la gran antifonía del pueblo. La
raya vertical que es Chile, en el contraste de los mapas, se convierte
en una gran raya ígnea y un gran fuego ha comenzado a soplar.
El coro avanzará sobre las arpías y las furias desatadas
de la reacción, como la primitiva hoguera que no se consumía.
La misma naturaleza ya se muestra enemiga de aquellos que atentaron
contra Allende. Los árboles en la medianoche prorrumpen
en maldición. El carabinero siente el ramaje que con violencia
se le pega en las costillas. Los Andes ruedan pelotas de trueno
que asordan a los tiranuelos de cartón piedra. Por todas
partes la naturaleza coopera con el hombre para rechazar a los
encapuchados de la maldición.
Ya hemos dicho que el espacio americano es un espacio gnóstico,
un espacio que conoce y que fija sus ojos, destruye la visión
de los malvados. Existe desde luego el estado inmóvil,
paleontológico que mira hacia la muerte infecunda, pero
hay también la muerte creadora, que representa la muerte
y la resurrección. Ahora Allende combate en todas partes
de la franja vertical de fuego coronario, atrae como un imán
mágico y enseña a todos la fuerza irradiante de
la suprema prueba del fuego y de la muerte. Él entrará
de nuevo, no en la ciudad de ahora sino en los citraedo y los
jóvenes que saltan como jaguares por encima del fuego.
Está en todas partes como la mejor compañía,
luchador absoluto y sus amistosos designios como la libertad.
Como en las grandes construcciones donde el número de oro
que daba las proporciones de la armonía, traza la melodía
de la arquitectura, de la misma manera ciertas vidas, como la
de Allende, están regidas en su parábola y en su
muerte por el número de oro. Un secreto cánon que
les da su misterio y su cumplimiento. Tanto en su vida como en
su muerte bullen las más seleccionadas fuerzas generadoras.
Al morir ya está a su lado el nuevo retoño del grano
de trigo.
25 de abril de 1974
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