Orígenes
de la Poesía
por
Luigi Pirandello
Pensad
cómo nace un artista. Nace un niño. Parece difícil
imaginar a Dante niño o a Shakespeare o a Cervantes, esto
es, los mundos que estos nombres representan, en su infancia.
Casi se creería despojarlos de su valor. A Dante, Shakespeare,
Cervantes niños se procura prestarles dotes especiales;
se piensa: habrán sido niños prodigios. Y nada es
más falso. Un espíritu que, llegado a su madurez,
será capaz de síntesis originales, es decir, de
expresar un peculiar sentimiento suyo de la vida al través
de los modos de arte, situaciones y personajes, que dimanarán
de su concepción de la vida, la cual se habrá formado
en él con la experiencia y con la reflexión, experiencia
de dolor y reflexión hecha de rebelión contra aquel
dolor y de victorias nunca jamás decisivas, no puede tener
en un principio la habilidad que en un niño sorprenden
a los adultos. Para llegar donde llegará es necesario una
escuela de la vida tan inadecuada para los hábitos como
eficaz para cierta clase de espíritus vírgenes y
pacientes: espíritus verdaderamente infantil en el comienzo
y buen escolar, no digo en la escuela, sino en la vida, buen escolar,
que necesita en primer lugar una buena fe plena con respecto a
las cosas que aprende. Esta buena fe es la ingenuidad misma en
su fondo, de donde la necesidad de creer en los aspectos de la
vida; así como la atención continua y la seriedad
íntima con las cuales se sigue y considera las enseñanzas,
significa un humilde y amoroso concepto del pequeño espíritu
vivo con respecto a las grandes cosas vivas que poco a poco tornase
propiedad suya. Buena fe, credulidad y respeto absolutamente necesarios
para acumular amargos desengaños, crueles desilusiones,
golpes feroces y todos los errores de la inocencia, por los cuales
las experiencias devienen válidas, y la educación
del espíritu, logra a sí a expensas propias, sirve
para hacerlo crecer, manteniéndolo puro, desarrollando
sólo sus aptitudes adecuadas, y para dejarlo, como es justo
que sea un artista, inadaptada la vida. En efecto, él deberá
crear, con la ilusión de crearse, aquella vida que siente
y en la cual puede creer.
Crear formas de vida o formas vivas, que es lo mismo, es obra
ingenua y natural a la cual no podría conducir habilidad
ninguna y es fuerza que al artista quede desde su infancia, calidad
del niño que él fue. Con esto me guardo mucho de
decir que sea preciso indagar en los primeros años de un
artista para encontrar la clave de la vida expresada por él:
digo más que, en mi opinión, ningún hombre
a sido nunca niño más verdadero, y por ende incomprensible,
que un artista, ninguno más que él privado de medios
para hacerse valer e incapaz de adoptar fácilmente los
modos aconsejados por las conveniencias. Niño tan interesado
en sí y en todas las cosas de la vida circunstante, en
las personas casos, ambientes, países; tan atento, y tardo
y distraído y jamás con el mismo humor y tan inepto
para dejar bien librados a sus genitores, que verdaderamente no
podía interesar a nadie, porque todos nos interesamos en
cambio, como es justo, en los niños ágiles, vivos
bien educados, desenvueltos, que nos permiten comunicarnos con
los pensamientos y los gustos de su edad, naturalmente ilusionándolo,
aunque sin quererlo. Estos niños descuidan enseguida cultivar
sus verdaderos pensamientos y gustos, salvo cuando tropiezan con
el capricho, y no teniendo un sentido verdaderamente puro de la
vida no están solicitados por la necesidad de orientarse
en el misterio, pueden aceptar en todo la guía de los adultos
y por explicaciones suficientes, las respuestas genéricas,
distraídas o cautelosas que damos a sus porqués.
La vida verdaderamente humana, la del Espíritu, no recomienza
en ellos desde los orígenes.
Creerán ya encaminados a campos bien conocidos de la actividad
humana, ya limitados, ya prontos a tomar de la vida lo que es
justo y tal vez aún lo que no es justo. También
éstos creerán, porque el hombre, aunque humilde
y pobre de espíritu, posee siempre este poder y debe necesariamente
usarlo: en realidad, no se gana la vida, sino que vive siempre,
de un modo o de otro, su historia. No obstante su creación,
aun la de su vida, no desinteresada como la del arte, antes bien
enderezada a fines de utilidad práctica y particular, no
está ni quiere estar fuera de su tiempo ni valedera más
allá del círculo limitado de las personas con las
cuales él tendrá contacto, y por eso con aquel tiempo
pasará y terminará en aquel círculo.
El niño que un día se expresará en el arte
sabe ya encontrar y con placer arcano el sentido de sí
en un punto secreto de su espíritu: soledad segura, con
un poco de susto y de espanto, que da sólo una leve ansia,
como ante la inminencia de una revelación que no puede
efectuarse porque el tiempo se ha parado. Y sólo en este
misterioso sentido de sí cree el niño. Las cosas
verdaderas y vivas deberán inspirarle aquel sentido, deberán
persuadirlo de que más allá de cuanto él
pueda comprender de ellas, hay en ellas un misterio que nadie,
ni aun los “grandes”, le podrán explicar, el
mismo de la vida. El lado más importante, el misterio.
Quien va hacia la vida para vivirla, es bueno que procure olvidarlo.
El sentido del misterio es generalmente poco útil. Puede
servir a los hombres de buena voluntad sólo para tener
cierto punto de referencia y para hallar el equilibrio de la conciencia,
pero de noche, antes de dormir. En cambio, es la materia prima
para la obra de los santos y de los artistas. Nuestro niño
se lo encuentra siempre entre los pies. No sabe, en realidad,
qué hacer con él, porque es claro que él
no puede conocer lo que la vida querrá de él. Es
un niño y nada más, el niño más embrollado
en las incertidumbres y en el trabajo de la infancia que sea posible
imaginar. En medio de las cosas, y empeñado en no dejarse
subyugar por ellas, es decir, en no permanecer incapaz de pronunciar
una palabra secreta suya ante cada una, aunque sea creada atolondradamente,
una palabra de la cual no puede servirse sino consigo mismo, puesto
que no sabría explicar a los demás el sentido que
le da, ha empezado ya realmente a expresar, pero en un lenguaje
hermético, de iniciados. Conoce perfectamente las palabras
usuales con las cuales se designan las cosas: nada tiene que hacer
con las que él crea así, no para designar, sino
para expresar el sentido secreto que las cosas tienen para él,
su fuego deslumbrante o el abismo de tinieblas que llevan en sí:
el punto vivo. Por lo común, iniciado en aquel lenguaje
hermético permanece solo: y así se explica que gran
número de artistas perezcan en esos años.
Se puede salvar para el arte el niño que en virtud del
ingenuo y formidable valor de iniciar en aquel su lenguaje a otro
niño, o amiguito o a un hermano, a una hermana o mejor
a una amiguita de la hermana, logra comunicar - lo cual es un
milagro - el sentido preciso de palabras que poseen uno inexpresable,
adquiriendo así el modo de poder hablar de sus descubrimientos
del mundo: fantasías maravillosas que harán comulgar
a ambos en un fervor de vida tan intenso y embriagador como acaso
no lo será aquel que de jóvenes gozarán en
el amor. Es el primer lenguaje creativo, el primer fruto del amor
a la vida, amor desinteresado, actividad pura del espíritu
que concentra todas sus facultades, voluntad, sentimientos, intelecto
y fantasía en expresarse, sólo por necesidad de
hacerlo por nada más.
Lo más justo de pensar tocante a este primer creador es
que todos los hombres, más o menos, lo poseyeron en sus
primeros años. Y que el hecho de lograr comunicarlo, condición
que juzgamos necesaria para el porvenir artístico del niño,
sea no obstante, cosa muy distinta que suficiente para asegurárselo.
Muchos hombres, que más tarde no llegaron a ser artistas,
recuerdan haber hablado de aquel modo con sus amiguitos. Todo
depende entonces, es decir, mientras dura la infancia, en el interés
que el espíritu tome en sus medios de comunicación
con los demás: si poco a poco, aun habiendo experimentado
la alegría exaltaste de expresar de cualquier modo el sentido
de las cosas, empieza a descuidarla por el placer más sosegado
y fructuoso de entrar en comunicación con los demás
por medio del lenguaje usual, con el cual se designan los conceptos
de las cosas; o si, por el contrario, permanece ligado a la necesidad
de comunicar su sentido secreto. Es decir, si se le ocurriera
como posible y viable la solemne locura de llegar a hablar ante
todos como habla en secreta intimidad de su espíritu, sólo
para sí y para su pequeño confidente. Una verdadera
locura, si se piensa que por la mente del niño no puede
cruzar la idea de que en realidad existe para el hombre un medio
de hablar de aquel modo, es decir, el arte. Del arte nada sabe.
Si así sucede, empezará pronto para él el
febril trabajo de solucionar con las palabras comunes los ideogramas
de que se servía cuando hablaba consigo mismo o con el
amiguito iniciado en su lenguaje hermético, y descubrirá
que las palabras comunes se impregnarán con ese trabajo
de sentidos nuevos hasta formar un lenguaje suyo, una vez más,
pero esta vez adaptado también a los demás y tanto
más cuando más se ingenie en ajustarlo, en verificarlo,
explorándolo en varios sentidos, definiendo y aclarando
para sí mismo el valor en cada momento.
(La
Nación, 9 de abril de 1933)
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