Revista El Jabalí Número 16 .:. contenido

 

Poetas hoy

ANTONIO MIRANDA (Brasil)
Poemas inéditos, especial para El Jabalí
Traducción de Trina Quiñones


Nació en 1940, en Maranhao y reside en Brasilia.Es miembro de la Academia de Letras del Distrito Federal. Parte de su vasta obra, que también abarca el ensayo, el relato y la comunicación, puede recorrerse en www.antoniomiranda.com.br. Algunas obras: A Quadratura (1978); Tu país está feliz (1980, 11 ediciones); Brasil, Brasis (2000); Manuchoy el Labertino (2001); Horizonte Cerrado (2002); Canto a Brasilia (2002); La Señora Directora y otros cuentos (2003); Perversos (2003); San Fernando Beira-Mar (2004); Retrato y poesía reunida (2004) y Canciones Perversas (2005).

 


Meditaciones sobre la muerte

Dedicado a Trina Quiñones

“Soy donde no estoy
estoy donde no soy”.
LACAN



1.
Definitivamente, voy a un hospicio
para recobrar la lucidez.

2.
Tomo fotografías para aprehender la realidad
y hago resplandecer la muerte.

La vida, si existe,
es un dejar de ser.

Muertes sucesivas
antes de la última muerte
en el lugar común
de una vida equivocada.

3.
Peor: un reconstruirse para continuar siendo
-¡en la paradoja de lo absurdo!

4.
La fotografía como espejo
en mi álbum de familia.

Yo en diversos momentos
de mi muerte.


En la memoria, un cementerio
reviviscente:
¡la nada!

5.
Yo ya morí
en cuanto la literatura
-intentando eludir la muerte-
degrada mi existencia
buscando preservarla
más sólo ella me sobrevive.



Los varios yo

(manierismo literario)

para Luis Alberto Machado



Mis varios yo
se desentienden y se ofenden
en posiciones irreconciliables.
Mis varios yo
se defienden como pueden
exacerbando las divergencias.

Entro en pánico y me recojo
execrando mi existencia
múltiple y contradictoria.

Ensayo la paz, la indulgencia
pero la confusión se instala
en mi consciencia
sin ninguna escapatoria.

Ni durmiendo se apacigua
la guerra, contigua a aquella
atracción fatal de los contrarios
que se anulan por la contrafacción
-por los comentarios antagónicos
de sus yos agónicos y arbitrarios
de un total desentendimiento.

Y por falta de un mejor argumento
va aquella labra manierista
del recurso redivivo
de la “palabra-empuja-palabra”
del nostálgico Mario Chamie.

 

Las palabras

para Víctor Alegría

“Las palabras no comenzaron
abstractas, mas sí concretas”.
J.L. Borges


Las palabras dan saltitos, pululan
están sueltas, sin ataduras.

Palabras vivas.

Sonidos, movimientos, sentimientos.

Sino, están
petrificadas,
hechas de letras
-arquitecturas banales.

Las palabras no representan,
ellas son,
están más allá de los significados
-¿o sería, mas, bien,
aquende?

Liberadas de los diccionarios
por los campos
por las fábricas, por los lugares
de su gestación.

Originarias, necesarias.

Ellas ejercen un poder
tanto porque podemos con ellas
apoderarnos del mundo
(o conocer)
cuánto ellas nos gobiernan
y orientan.

Las palabras son la música
de las cosas nombrables;
las formas de las cosas:
el propio sonido
que ellas emiten.

Podemos dar a las palabras
el sentido que se quiera
aprisionarlas en obras
de fino tejido.

Pero no siempre
-y felizmente-
las palabras conducen a la Razón,
van a lo imaginario
a la belleza de su condición:

las ondas equilibran el movimiento
del mar, marmorizado en las palabras:

Podemos transformarlas
en textos descifrables.

Desarmarlas, montarlas
sobre una superficie
limitante y fría.
No obstante, las palabras
estarán libres
vivificadas
cuando son poesía.
Nostalgia del futuro
Tanto quise hacer
y me contuve.
Tanto quise ser.

Me imaginé tantas veces
donde nunca estuve.

De niño, era adulto
sin poder
para ocupar espacios
que se me negaban.

Amores!
Deseé a cuántos
y amé a tantos
sin tenerlos
(con cuántos, por tantos)
por contradecirlos
-lo sé bien.

Temores!
Prefería lo imposible.
Me proyecté en situaciones
que luego postergaba
por no satisfacerme.

Insaciable
por lo no vivido
y anhelado
frustrado por lo que sentía
al tener lo que había
superado.

Viví anticipadamente
lo que no había ocurrido
y perdoné
tantas veces
descuidadamente
lo que sentía.

Era feliz
y no lo sabía
-dice el estribillo
que yo no creía
porque –entonces-
para mí
la felicidad
era siempre futura
en mi
(postiza, intelectual)
amargura.

 

 


MARÍA INÉS ZALDÍVAR (Chile, 1953)

Recibió el título de Profesora de Castellano en la Universidad Católica de Chile, el grado de Magíster en Literatura en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile (ambas universidades en Santiago) y el de Doctora en Literatura en la Universidad de Rugers, New Jersey, Estados Unidos.
Es autora de los libros Reiterándome, o la elevación frente a la negación, ensayo sobre cuentos de Myriam Bustos Arratia (1994); La mirada erótica, ensayo crítico acerca de la poesía de Ana Rossetti y Gonzalo Millán (1998). En poesía ha publicado Artes y oficios (1996), Seis poetas de la República (1997), Ojos que no ven (2001) y actualmente se encuentra en prensa su poemario Naranjas de medusa (2006). Ha sido ganadora en el concurso Textos de Mujeres 1997: Poesía y Ensayo, patrocinado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura en Chile. Actualmente, junto a su oficio de escritora es docente, investigadora y directora de la revista Taller de Letras, en la Facultad de Letras de la Universidad Católica.

 


Pequeña ventana al norte

Un árbol se transforma cerrando sus pupilas.
Jacobo Fijman


Enmarcado por negra reja de barrotes lisos
curvos como pestañas de muñeca dormilona
en las puntas
asoma un furioso rectángulo de hojas rojas y
amarillas


bello y distante
es serpiente
rebelde corazón que se niega a morir
con la noche y el invierno
sobre el muro
en lo alto


Primavera en Rosario


Las mujeres de la estación de buses de Rosario
viven de espaldas a los cristales
en la hilera de asientos que mira hacia el interior.
Carreteras y caminos hacia ciudades y pueblos vecinos
no son de su incumbencia,
su reino no mira las afueras.

Sobrias y pulcras, sin maquillaje y de taco plano
monjas inmutables de civil en un mundo de luminarias y bocinas,
son arañas tejedoras que murmuran por pasillos letanías de otras vidas.
Son urracas pendientes de atrapar coloridos envases plásticos,
prudentes cocineras de restos de comida para jugar a las visitas
y celosas guardianas de la risa que alimenta el baúl de los tesoros.

Las mujeres de la estación de buses de Rosario
un día también fueron restos de semillas echadas al voleo,
conchos de simiente atrapados en la tela del saco
expulsadas sin tino y lejos con el último sacudón.
Al llegar el invierno fueron flores que salieron a destiempo
a pesar de las heladas y las lluvias en bosques y caminos.

Las mujeres de la estación de buses de Rosario,
hoy, en primavera, tejen y tejen en la cueva del oráculo.
Su territorio está cubierto por una tela invisible
que silenciosa crece y crece al ritmo de sus babas y palillos.

Su reino no mira las afueras.
En él somos pulgas, moscas y zancudos,
o pequeñas arañas atrapadas en la tela,
de espaldas a los cristales en la estación de buses en Rosario.


Réquiem porteño

Sin embargo hubo un día
que era yo misma
el fuego
Ida Vitale


En el cuadrado de la plaza de una ciudad sin nombre
en medio de una nada construida al estilo europeo
sobre un duro banco para transeúntes cansados, y
mirando automóviles, parquímetros y gente apurada,
lloras la tristeza de tierra húmeda y pan caliente
que late inalcanzable en la memoria y hambrea el cada día.

Desde este punto de la plaza,
todo es un gran solo lanzado por el viento
que rebota en los cristales de las tiendas sin clientes,
se monta en el gris caballo del héroe local
y se devuelve raudo y agudo
taladrando la bien constituida calavera.

Al interior del cráneo mediano, redondo, sin fracturas,
que descansa sobre los huesesillos de ambas manos,
armonios retumban a un ritmo magro sucio y seco,
en sintonía con el paisaje de la polis al atardecer.

En el cuadrado de la capital del asado
sólo dientes de leche para comer y,
la dura, en la mesa, hueso, solo hueso
y bastante duro de roer.

Sola, sentada y sin nombre
eres un leve punto del ágora
que mira entre las piernas
un tenue contorno de orina vieja
y el cadáver de un zapato izquierdo.


Niña bajo la mesa del comedor

1. Arriba

Tanto pariente, tantas cosas, tantas casas,
tanto empeño, tanto trabajo, tantos desvelos,
tanto embeleco sobre la cómoda, tanto papel revuelto
por todo el piso y hojas blancas y sucias con pies y
manos y labios en la solitaria pieza vecina y
tanta familia familiar reunida y ruido, y ruido y
tanta foto a color y en blanco y negro y
la familia ante todo, cuidado con las palabras y
el comentario y ese gesto procaz que los niños
uno nunca sabe, el ejemplo, el ejemplo, ¿a ver,
haber?

Tanto orden, tantos cuidados, tanta norma, tanta educación
tanto viaje, tanto comentario, tanta lindura, tan habilosa
tanto cubierto y servilleta y mantel con plato y copa,
tantos manjares, y fuentes y bordados en el mantel.
Tan cumplido es un encanto, un verdadero encanto y
tanto éxito, tanta fineza, tanto deber, tanto deber siempre
para que lo gocemos todos, en postales, en recuerdos,
qué responsable, el deber ante todo el deber siempre
¡qué amor, pero qué amor!


Tanto adjetivo, tanto adverbio, tanto grito
tanta soledad y hambre en el estómago
¿dónde está el sustantivo y la cocinera
y la cocina, para comer con las manos y en silencio?

2. Debajo

Una suave y pesada cortina de pestañas,
una fragante mortaja de lino en el iris,
un destello eterno de luz en la pupila,
ocultan tras un astigmatismo sagrado,
tornasol,
bastillas mal planchadas, costuras desprolijas de vestidos
avaros olores escondidos de ratas que no besan la mejilla,
geografía decadente de venas azuladas sobre lechosos cauces
y una cancha limpia por donde recién
hace un par de horas pasó,
implacable,
la hoja de afeitar.


Del libro Artes y oficios (1996)

 

Arte de cerrar una ventana

 

Cerrar una ventana sin
apretarse los dedos es
un arte

Cerrar una ventana y
no morir de asfixia
un prodigio

Cerrar una ventana y
no morir de pena
una proeza

pero cerrar esta ventana
con los dedos atrapados
sin huir por la puerta de salida o
de entrada y
decir adiós tras el cristal
con la mano ensangrentada
me conmueve hasta las lágrimas



MORI PONSOWY (Argentina)


Es autora de "Enemigos Afuera" (Ediciones del Copista, 2001) que recibió el Primer Premio Nacional Iniciación de la Secretaría de Cultura de la Nación y Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes) y de la novela "Los colores de Inmaculada" que ganó el Primer Premio de Novela de la Diputación de Cáceres, en España. Ha traducido a las poetas norteamericanas Sharon Olds ("El Padre", Bartleby Editores, España, 2004) y Marie Howe ("Lo que hacen los vivos", Editorial Luna Nueva, Venezuela, 2004). Fue fundadora y editora de la revista Lamujerdemivida, que en 2004 ganó el Premio Julio Cortázar a la mejor revista cultural del año en Argentina. Su próximo libro de poesía, "Corolario y otros poemas" será próximamente publicado en España por Bartleby Editores. Es Licenciada en Filosofía, con una Maestría en Ciencias Políticas y otra en Literatura. Ha vivido en Argentina, Perú, Venezuela y los Estados Unidos. Actualmente trabaja en Buenos Aires como traductora, editora y periodista colaborando con distintos medios nacionales y extranjeros.


En la cuerda floja

 

La niña camina en la cuerda floja y sabe que día y noche en el ancho mundo,
más allá de sus pisadas, asechan para devorarla los espíritus.

Su miedo está hecho de banderas negras y otros ojos, de cebras tristes
y un acróbata que tras la boca oculta huesos, selvas arrasadas, fuegos,
sonrisas que se abren al vacío desdentado de la muerte.

Es pequeña y blanda, no más grande que otras que la miran desde abajo
con algodón de azúcar pegoteado entre los dedos, envidiando
sus zapatillas rosas, el brillo maquillado de su rostro.

Bajo reflectores, brazos extendidos a los lados, avanza la niña en el aire alto
por la cuerda tan delgada, vence el titubeo del cáñamo trenzado, evita
a cada paso caer en la visión que se extiende arriba de ella, abajo,

en los centímetros más allá de la línea que trazan sus pisadas.
Suena la orquesta, pedalea el oso, marchan en dos patas los caballos,
de cabeza se para el elefante. Y de la niña huyen ángeles y almohadas.

Tiene cinco años y un terrón de miedo en el medio de la boca, a lo largo de la espalda
y en su temblor de cada noche cuando la caída llama desde el centro de su alma.

 


No se repite la luna

 

No se repite dos veces la luna ni el río,
dos veces no se repite tu mirada,
ni los panes se repiten aunque exclames
mil conjuros, levantes altares,
pongas piedra sobre piedra,
afines la garganta
o arranques de raíz tu último muerto.
Podrás ir de rodillas desde el lugar
donde primero viste el día,
de rodillas sobre guijarros
bajo el sol o sobre arena
hasta el preciso punto
del primer y único milagro,
pero no verás dos veces el mismo fuego.
Nada vuelve. Tampoco tú eres el mismo.
Tan sólo tu canto se repite,
hablando para siempre en mis oídos,
recordándome dos veces
que ese lugar a donde una única vez te fuiste
es uno del que ni una sola
volverás.



Para que sea distinto

 

No encuentro un lugar en mi casa
para poner los pies. No puedo
ni caminar. El piso, las sillas,
hasta la bañera está repleta
de cartas de amor. Salen
de la bolsa de harina 0000.
De la caja de SKIP. Poemas
que escribí alguna vez. A los quince,
los veinte, los treinta y dos. Qué lugar
hay para ti, si ya hubo sábanas
de cualquier color. Cómo creer
que esta vez sí. Juro no escribirte
una palabra más. Callaré aun de noche
cuando los teros tiemblen. Para que
sea distinto. Quiero que mi mejor poema
sea el que nunca te escribiré.

 

 

MARCELO ZAMBONI

Cuentos en "Antología La gallina degollada" (1988) y en "Antología Premio Eudeba"(1988).
Novela: Moriré una mañana de verano en Nueva York (1991); Gardel (1997, Premio del Fondo Nacional de las Artes; Finalista del Premio Planeta 1994, novela Barder (inédita); Mención de Honor La Nación 1998, novela El sueño de la Razón (inédita); Finalista del Premio Clarín 2001, Barder; Mención especial Fondo Nacional de las Artes 2001, Faubourg Sentimental (inédita).


Adiós

 

Como un aguijón de avispas
La tarde me duele
En los dados
Echados para siempre

 


Pronóstico para hoy y mañana



Hoy cielo despejado
Por la tarde entre mi valija y tus manos
habitarán temblores
Las lluvias desde ahora monótonas
te morderán por siempre
¿El futuro?
Un camino de polvo
donde un soplo
puede apagar mi antorcha.

 

 

Cenizas

 

Acá están las cenizas de mi padre
pero él no está
Él permanece en imágenes antiguas
atrapado en recuerdos fotografías que pierden
las formas y el color
en escenas de mi infancia donde me mira
y habla y tiene la edad que tengo
Nos movemos en tiempos inconcebibles
Nada nos une.
Está este amor que no le llega,
que solo guardo
que morirá conmigo

Mi hijo mirará mis cenizas
reconocerá en ellas
la misma ausencia igual dolor
Una idéntica soledad cansará sus días

Habitaré imágenes de la infancia
de alguien que nada significará
para mi padre muerto hace tanto.

Nos movemos en tiempo inconcebible

Un viento furioso despliega
velas de dolor
Perdidos en este mar de soledad
sin brújulas, mapas, misericordia,
no entendemos que no hay orillas.
Que se tenga piedad de nosotros.
Que se tenga piedad de estas cenizas
Que el viento soplará.

 


MARÍA DEL CARMEN MARENGO

Nació en 1968 en Balnearia, provincia de Córdoba. Es escritora, crítica y docente de literatura. Cursó estudios en la Universidad Nacional de Córdoba, donde se graduó como Licenciada en Letras Modernas y como Profesora en Letras. (USA). Ha publicado los libros de poesía El fuego invisible (Alción Editora, 2001) y El camino de los ángeles (Alción Editora, 2003) y ha colaborado en distintas publicaciones y revistas literarias de Argentina y del exterior. En 1993 y 1994 le fue otorgado el Premio para Autores Inéditos de la Municipalidad de Córdoba en los géneros poesía y cuento respectivamente. En 2002 obtuvo su Doctorado en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Maryland. Recibió de la Fundación Antorchas la Beca para completar Doctorados Externos en Humanidades en el año 2000 y la Beca Postdoctoral en 2003, con la que ha investigado sobre un corpus de poesía argentina. Tiene inéditos un libro de cuentos y un libro de poesía, al que pertenecen los poemas aquí presentados.

 

 

Un mundo aquí y otro allá

 

Zoológicos de cristal.

Animalitos perdidos
o guardados
en cada estante,
lejos o cerca,
para mirarlos
o recordarlos.

*
El mapa
donde los animalitos
estaban perdidos
creció
y se multiplicó
hasta que se perdieron
los caminos.

*
Como los ojos
de las estrellas,
nos miraban
desde el suelo,
y no sabíamos qué hacer
con su presencia húmeda.

*
Despejar
en el camino
las hojas celestes.
Reconocer la vaguedad
de las estrellas,
que nos miran desde lejos.

No olvidemos el canasto
para juntar las hojas

*
Creíste que sí,
que habías llegado,
sin embargo
no te entregabas
al avatar del viento,
estabas alerta
como un faro encendido

*
En la lejanía
quedó una casa.
No quedó una casa.
La casa desapareció,
por los vientos
por las distancias

Quisiera ser
minimalista
y no tener muchas cosas
de qué acordarme.

 


PATRICIA L. BOERO

 

Es psicoanalista, restauradora de obras de arte y poeta. Desde el 2003, edita y dirige ZONA MOEBIUS, revista de literatura, arte y cultura www.zonamoebius.com. Ha realizado diferentes proyectos con autores y artistas extranjeros a través de la red. Entre ellos el Proyecto “Save Twilight en español”, música electroacústica y poemas de Julio Cortázar en colaboración con el músico venezolano Arcángel Castillo Olivari y “Cartas de la Nombradía”, libro escrito en co-autoría con el poeta español Antonio Mengs y publicado en noviembre de 2004 por la Editorial AdamarAmada de Madrid. Durante 2006 será publicado en Zaragoza (España) su poemario “Cuarto Creciente”.

 

 

Véspera


Enciende el fuego.
Tizna el techo del día
con la palabra desasida.

Por que tu boca
se hunda
entre las flores
bajo el puntual discernimiento
de lo que es.

Invoca al fiel de la mano
sobre blancas almenas
mientras se multiplica
noche adentro
el rojo laberinto de los signos
hasta alcanzar
la elemental materia
de una infinita extranjería.

Tu voz en fuga
por el camino claro
tu voz en fuga
por las sendas de sombra

y aquello que al despertar
se dijo para sí:

el dios del aire
te ha retenido en esta calle
con el lazo vibrante
de su espiral celeste
para no ser aún
entrénate en la espera
palabra en línea recta
ni vuelo coincidente
ni destino
y habites como quien pasa
-con los ojos transidos
por lo que todavía no fue-
la tierra de los hombres
y sus sagas prodigiosas.

 

 

Bereber

a Antonio Mengs

 

La menor unidad
del espacio
es este punto de luz
encadenado
al corazón oscuro
de la casa

la pupila de un haz
que se abandona
al más precioso afán

boca entreabierta de tres planos
que hallaron los azares
del vocablo
rincón


Arde
dulce fanal
viva pirámide
donde los vientos
congregan renunciantes
domésticas arenas.

En tus ojos velados
coincidentes
la faz injusta de la errancia
y la sombra del tempo
encuentran
su perdón.

En tus manos
descansa la diáspora
de mis pequeñas flores.

 

 

El regreso

 

mañana vendrá el hombre al dios del cuadro
yacente en la rendija del párpado del hijo
mañana la familiar reunión
—la aterida reunión de nadadores—
será boca en el pan
vidrio en las viñas.


Este es mi cuerpo que será entregado al mar
que lo redime todo
tesoros y desechos
rencor quebranto y alma.


Mañana son peldaños inciertos temblorosos
herirá el desafío la corriente de infancia
el hermano al costado de garganta rebelde
el insensato tañedor de nadas
el hermano al costado de sumisos anzuelos
abierto por las horas del libro indescifrable.


Esta es mi sangre que entregaré a la hierba
por toda la iniquidad de los maestros.


Mañana será barca, viejos fosos
metal de la ignominia, peso muerto.


Padre, en pos de tu fantasma van los niños
mañana como ayer
tu voz alzándose:

Barqueros, batid el remo
de mi feroz marea atormentada.

Y luego, mirad el mar.

Yo nunca fui.

Pero mirad el mar en mi memoria.