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Oráculo para dones fatuos,
de Osvaldo Ballina (ed. Al Margen)
“otros árboles crecen bajo otros cielos/ otras piedras
cambian a otros sitios/ otras fiebres arden en otros cuerpos/
y cuerno de caza, treta del demonio,/ el mismo rayo en la cavidad
de lo real”.
Campo santo,
de Juan Bristilo Cañón (Libros del Coirón)
IV: “Un niño carga un cántaro con agua/ Le pesa/ Se tambalea/
El agua se arremolina/ Es una gran catástrofe en la isla/ El agua se recoge
y desparrama/ Es un tusunami/ El niño se moja/ Se ahoga en un grito de
sorpresa/ Su mirada se levanta/ El adulto es ceñudo/ tampoco sabe nadar
pero no lo dice/ Empecinadamente solo se limita a pensar/ Qué pasará
con este niño que no hace nada bien”.
Morir lo imprescindible,
de Ester de Izaguirre (Vinciguerra)
Pretexto: “Soy una mujer/ que se dio en poemas/ para citarnos en ellos/
como en una playa/ secreta/ y lejana.
El trabajo de las horas,
de Pablo Anadón (del Copista)
Sobremesa: “La botella de vino, verde musgo,/ la cresta roja del sifón
de soda,/ el plato azul sobre la mesa blanca,/ las gotas de borgoña bordó
en la transparencia/ del vaso, el cielo de la siesta/ con su nube, su sol y un
benteveo/ aquí en el patio de la casa, la hija/ menor que juega a ser mujer
y canta”.
Sonetos y elegías,
de Louise Labé (traducción de Claudia Schvartz, ed Leviatán)
Soneto V: “Clara Venus que vagas por los Cielos,/ Escucha mi voz que a pleno
cantará,/ Mientras tu rostro brille en el cielo,/ Su largo trabajo y penosa
preocupación./
Mis ojos atento se enternecerá mucho más,/ Y más lágrimas
al verte he de vertir,/ Más mi blando lecho con lágrimas ha de mojar,/
Al ver a tus ojos testigos de sus penas/.
Pues humanos son los fatigados espíritus/ del suave descanso y del sueño
enamorados./ Soporto el dolor mientras brilla el Sol,/
Y cuando estoy casi del todo quebrada, /Y me acuesto cansada en mi lecho,/ Necesito
llorar mi mal toda la noche.
De la selva quejumbrosa, estremecida,
de Silvia Vainberg (L’arbre a Paroles)
I: “Cierta penumbra arrasó el pasaje/ de la mirada ciega que gira/
en su oratorio de blancura./ ¿Cómo será ir detrás
de sí,/ al descubierto,/ jugando al diapasón de la muerte?/ Un riesgo
es avanzar desmontando/ el recuerdo de la luz maltratada./ En el desvelo de sus
propios ojos/ susurra la menta sonámbula/ multiplicando el relato universal”.
Deconstrucción de la mañana,
de Juano Villafañe (Atuel)
Perdida por la lluvia: “Veo tu rostro/ sobre el agua de la calle de la lluvia/
en los verdes que llevan tu cuerpo/ vestido en una blusa./ Te debes bañar
y mirar la calle/ la avenida donde arrastrabas las flores en la noche/ en la enorme
y fabulosa calle de la lluvia/ que vuelve a sí misma como el agua de la
lluvia/ y abres un sueño, un corredor/ por las paredes de la lluvia/ y
en todas las flores de la lluvia/ que cae sobre los infinitos paraguas de la lluvia/
antes que el aire y el sol/ den a tu cuerpo/ con ese agua de lluvia/ con ese frío
del cuerpo perdido por la lluvia”.
Museo de varias artes,
de Juan Carlos Moisés (El Camarote)
“El árbol es esquivo/ y el zigzag es el movimiento común/
de quien sólo se anima a vivir el día./ Pero el zigzag es ininterrumpido;/
el zig, el zag, la liebre y el perro detrás:/ imposible anticipar un dibujo/
o una moral para el ciruelo.
Pasajera en tránsito,
de Cristina Piña (del Copista)
Porfías: “Ha dejado/ -sin darse cuenta-/ la luz del living/ encendida:
memoria de la carne que/ más allá de toda sensatez,/ sigue esperando,/
al alba,/ la vuelta atropellada/ de los hijos”.
Áspero cielo,
de Jorge Isaías (Ciudad Gótica)
XXVII: “De todo hacia nada/ seguiremos/ narrando/ un dolor/ cuasi tímido/
un camello/ un sintagma ligero/ una gaviota/ tachonada en el cielo”
Larvario,
de Miguel Espejo (Colohue)
Buda: “Los cuatro dolores de la vida/ son, en realidad, un solo dolor:/
la vida.
La frontera de la lengua.
Antología de poesía de Quebec contemporánea (introducción
y traducción de Sara Cohen (Biblos)
Hélèn Dorion (1958): “Tal vez
no tenga más que el deseo/ de vivir el universo entero/ a través
de vos no tenga más que una historia/ caminar del desastre al comienzo.
La tierra gira y la vida/ sabe/ que queda ahí/ en el cuarto vacío”.
Anatomía rota,
de Cynthia Sabat (I Rojos)
Saltos para perder la inocencia V: Tríptico de las tentaciones de San Antonio
“donde las criaturas/ cantan el color de caerse de sí/ en pleno vuelo
una mancha da lugar a la forma/una noche a las mareas al grito
un caleidoscopio/ y su precario teatro/ esa ilusión desvestida/donde el
miedo el amor y la cruz/ son las huellas del mismo animal”.
Tierra caliente,
de Daniel Ramón Rios (Ed. Catálogos)
“Oh Viento norte/ Resignación y paciencia del criollo solitario/
Tiento de los potros tensados al sol/ Filo a contracuero de sudorosas carneadas/
Olfato herido del mariscador/ Ladridos lejanos de perros garroneros”.
La zona primitiva,
de Tomás Aiellio (del Copista)
Detrás del monte oscuro: “Detrás del monte oscuro está
nevando./ Las ramas crujen bajo el peso blanco./ Atreverse a cruzar es soledad./
La línea que separa lo visible/ nos obliga a volver a nuestra casa/ con
las manos vacías y la boca/ sin recuerdos. Es poca la distancia/ del pan
sobre la mesa en las tinieblas./ La flecha ya desvía su sentido./ Un paso
más, la zona primitiva”.
Amada dulce,
de Oswaldo Roses (Lord Byron Ediciones)
IV: “Dime el silencio/ como destello en lo íntimo;/ amable, y así/
levanta tantos rocíos/al ti, ¡oh! vivir.
Libro de huéspedes,
de Ricardo Rey Beckford (Alción)
La luz que decide:“ Más allá/ de la imprecisa cifra/ que gobierna
el corazón del hombre/
en la hoja/ en la nervadura de la piel de la hoja/ en su áspero roce/ en
el aire intocado/
en la luz que decide/ la sosegada/ belleza/ de los días/
nace/ el canto/
más allá/ del corazón humano”.
Estación/Tierra/Nada,
de Andrés Cursaro (Ed. en Danza)
“El viento/ es esta música/ que frena/ la llegada/ del olvido”.
Cantor secreto,
de Jorge Luis López Aguilar (Último Reino)
A Rita: “Yo me sigo escondiendo debajo de tus uñas/ cuando Afuera
duele o Miedo ruge enfurecido/ cuando Angustia muerde/ o Soledad es demasiado
brava.
Yo me sigo escondiendo en los refugios/que ofrecen tus dedos blancos/ cuando tanto
ruido, cuando el aire/ poblado de terror quema”.
Yo me sigo escondiendo/ en las cavernas de tu rabia y tu presencia”.
El amor Lo sagrado El arte,
de Liliana Maresca (Leviatán)
“Tirando manteca al techo/ ¡Quiero más manteca!/ Esculpir un
león/ en manteca/ que derrita el sol”.
La vida que se vive,
de Esteban Nicotra (Brujas)
Tarde: “Testimonio mudo/ de la tarde que se desvanece/ como esa niebla de
azúcar/ sobre los montes verdes./ El arroyo con su voz constante,/ inadvertida,
indescifrable/ su dolor tan claro”.
Detrás del bosque,
de Esteban Iacomelli (del Boulevard)
LIII: “Reflejo tantas veces visto/el cuarto no es el mismo/ el reflejo ha
cambiado/ la forma de reflejarlo también.
La realidad asusta al habitante/ escapa, embiste la puerta, escapa/ el infinito
lo espera”.
La tumba de los viajes,
de Javier Foguet (del Copista)
Si estuvieras en viaje: “Si estuvieras en viaje/ habría bastado que
te dijeras:/ me ha golpeado el frío/ o es tarde/ o todo está lejos
como las luces del pueblo/ sobre un cerro más morado que la noche?/ En
realidad estás volviendo a casa/ sólo que esa helada/ y ese cielo/
y esos árboles...”
Ruego por el tornado,
de Osvaldo Bossi (Sigamos enamoradas)
Habla Telémaco (fragmento): “A veces me digo que su mano/ apta para
los prodigios, atravesó/ la distancia que unía mi cuerpo al suyo/
y que no fue un oráculo sino/ la forma de su mano cayendo/ lo que advirtió
al héroe, y entre ese breve/ contacto y levar anclas/ no medio más/
que una noche, la fracción de esa única/ noche, un parpadeo”.
Verso,
de Miguel Naranjo Ríos (Ed. Tacitas)
Maldiciente: “Inefable es la sapiencia/ y en libre plática atroz/
mi incomunicada voz/ será muda analfabeta,/ cuando a letras me someta/
surgirá contradicción,/ la malhablada versión/ o apócrifa
prosa y verso/ que me torna en el perverso/ quien maldice su opinión”.
Fantasmas,
de Mario Kon (Ed. del Gajo)
X: “Irreverentes fisgones/ seducen temidas asechanzas/ blanco disfraz tras
espejos astillados./
Perseguidos por hogueras embrujadas/ en caótico éxodo/ musitan letanías
voraces./
Abrasadas sus pupilas fosforecentes/ y fuego en la helada despedida/ danzan una
última bocanada de luna”.
Voces en las ventanas,
de Moris Spivacow (Alción)
Abuela: “Incienso/ escapulario/ vaga en el aire de la iglesia/ campanada
viuda/ de rosarios adustos/ y pañuelos negros./ María/ abuela de
oraciones/ ayunos y promesas/ gallega hasta la médula/ terrón de
luz el de tus manos/ crucifijo/ de ortigas y sermones/ de Pascuas bulliciosas/
parsimoniosa costurera/ ensalmo/ en los ojos de un chico/ que entre tus rezos
juega”.
Pisada,
de Roberto Aguirre Molina (ed. UNL)
Eco lógico: “Cantando vive sin mirar/ forma/ ninguna/ nube/ solitaria
el viento amolda/ en su cuenco/ terreno/ de los pájaros, ramas/ sin árboles
en la lluvia”.
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